
Bajo una llovizna cómplice y entre música, danza y fe juvenil, la Promoción 2026 “José Cafasso” encendió el inicio del mes mariano, recordando que en medio de la incertidumbre y el ruido del mundo, María Auxiliadora sigue caminando con sus hijos.
La mañana del 23 de abril amaneció con esa llovizna tímida que en Huancayo no incomoda, sino que susurra. Como si el cielo —cómplice discreto— repitiera al oído de cada asistente: “Ey, estoy aquí… soy tu Madre”. Y en ese gesto casi imperceptible comenzó el Pregón Mariano, no como un acto más del calendario escolar, sino como un latido compartido que pedía, antes que aplausos, corazones dispuestos.
Dicen —y en la casa salesiana se sabe bien— que ninguna fiesta empieza de verdad si antes no se prepara el alma. Por eso, la Promoción 2026 “José Cafasso” no solo organizó la jornada: la encarnó. Fueron mensajeros y protagonistas, jóvenes que, entre certezas frágiles y preguntas abiertas sobre el futuro, cargaron en hombros algo más que una imagen: llevaron un mensaje que buscaba abrir los ojos… y sobre todo el corazón.

El sonido de una trompeta y un saxofón rompió el murmullo de la mañana. No era solo música: era anuncio. Era la señal de que María llegaba, sostenida por manos juveniles que aún aprenden a sostener sus propias decisiones. A su paso, la banda sinfónica salesiana marcaba el ritmo de una procesión viva, donde niños de inicial, primaria y secundaria agitaban ramas de eucalipto y pañoletas celestes y rosadas. El patio se llenó de frescura, de esa suavidad que solo una madre sabe dejar cuando entra sin hacer ruido al corazón de sus hijos.

En otro extremo, casi como un espejo del tiempo presente, un grupo de jóvenes representaba la tensión de esta generación: la vida entre pantallas, notificaciones y ruido digital. Y, sin embargo, en medio de esa bulla, aparecía Ella —silenciosa, firme— recordando: “No están solos, yo soy su auxilio, yo soy su Madre”. Una escena que no juzga, pero interpela; que no grita, pero permanece.
La celebración encontró también su lenguaje en la danza. Porque cuando las palabras no alcanzan, el cuerpo habla. Y así, al ritmo del Huaylashr, los jóvenes —acompañados de sus madres— ofrecieron lo que son: su identidad, su alegría, su tierra. En cada zapateo, en cada giro, parecía que el frío de la mañana retrocedía, vencido por el calor de una fe que también se baila.

El momento se recogió en silencio cuando el P. Humberto Chávez SDB, presencia viva de Don Bosco que sigue caminando en la ciudad de Huancayo, elevó la oración y bendijo las urnas. Esas que, desde ahora, peregrinarán por los hogares salesianos, llevando consuelo, fe y una promesa sencilla: la de una Madre que no abandona.

Luego vino el pregón. Palabras que no buscan quedarse en el aire, sino caer como semilla. Porque ahí, en lo cotidiano, en el sacrificio pequeño y constante, se juega el sueño de ser “buen cristiano y honrado ciudadano”, como lo quiso Don Bosco. No como una meta lejana, sino como una tarea diaria.
Y al centro del patio, un faro. No decorativo, no casual. Un signo. Una certeza encendida: que entre tantas luces pasajeras, hay una que no se apaga. María Auxiliadora. Porque, al final —y como se repitió en cada gesto de la jornada— Ella lo ha hecho todo.

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